jueves, 15 de agosto de 2013

Ella, la fantasía.



LLega por la ventana algunas veces, asoma su mirada por entre las cortinas. La veo al despertar, o cuando sé que viene la espero sentado en la sala. Ni siquiera toca para entrar, solamente espera, no mucho, y yo abro (con una sonrisa dibujada en la cara) la mitad de la ventana para que entre. Me habla de lo que vio en el cielo a venir, del día anterior, y de lo que ha pasado ella en el tiempo que no nos vimos.

La primera vez que llegó, la primera vez que tocó la ventana, eran como las dos de la tarde, era un día relajado; no estaba haciendo nada, solamente dejaba correr el día. Fue tan natural verla, no me asusto ni me sorprendió el que estuviera posada en un piso invisible enfrente de mi habitación, del otro lado del hueco de la ventana. Lo mismo hubiera sido que tocara la puerta o saliera por debajo de mi cama.

Ahora se acuesta conmigo, está a mi lado, habla de cosas como de loca, me pregunta sobre mis días, y cuando suele cerrar los ojos  le doy un beso.

La noche ella la toca como un instrumento muy delicado, haciendo del obscuro día una melodía; no canta, no baila, no se mueve, el simple hecho de que se quede dormida produce un ritmo entre la habitación.

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